El cuerpo presiente el final mucho antes de que llegue

El cuerpo presiente el final mucho antes de que llegue

A menudo, nos empeñamos en ignorar las señales. Atribuimos esa punzada de inquietud al estrés, el cansancio persistente a la mala rutina y ese malestar sordo que no tiene nombre, a simples rachas de mala suerte.

Pero en lo más profundo, sabemos que no es así.El cuerpo presiente el final mucho antes de que llegue. No habla con palabras, sino con un lenguaje ancestral de sensaciones.

Es una intuición física, un saber profundo que reside en las entrañas y que la mente racional se apresura a silenciar.

Es esa relación que, meses antes de la ruptura, ya nos pesaba en el estómago. Es el trabajo que, mientras aún lo teníamos, empezó a quitarnos el sueño.

Es el proyecto que, aunque seguíamos adelante, perdió su chispa y nos dejó un vacío inexplicable.Nuestro cuerpo es el primer testigo.

Es el termómetro más fiel de lo que nuestra conciencia aún no quiere aceptar.

La tensión en los hombros, la falta de energía, la irritabilidad constante… no son fallos del organismo. Son faros que intentan guiarnos, que nos avisan de que un ciclo se está agotando, de que una forma de vivir ya no nos sirve.

¿Qué hacer con esta premonición corporal?

En lugar de medicar el síntoma o forzar la sonrisa, la clave está en escuchar. Hacer una pausa. Preguntarnos honestamente:

¿Qué está tratando de decirme esta incomodidad?

¿Qué necesito soltar?

¿Qué camino, aunque sea desconocido, me está pidiendo a gritos que tome

?Honrar estas señales no es rendirse; es tener la valentía de reconocer la verdad. Es el primer y más crucial paso para cerrar con consciencia y abrirnos a un nuevo comienzo, uno que esté verdaderamente alineado con quien somos en esencia.

No esperes a que el final toque a tu puerta. Presta atención a los susurros de tu cuerpo.

Él ya sabe.—